Algo Épico: hace tres años

Los pantalones me quedaban pequeños.                          

La camiseta me quedaba grande.

La gorra me quedaba mal.

—No le gustas a nadie.

El hombre que había al otro lado del espejo no me respondió.

Una camiseta y una gorra amarillas, unos pantalones negros, un delantal, también negro, y una placa identificativa colgada del pecho, en la que ponía «Javier», constituían mi uniforme de trabajo. Ante mí, el reflejo de un fracasado. Si tuviera que utilizar un único adjetivo para definirme, sin duda sería «normal»; en el peor sentido de la palabra. Yo no destacaba en nada. Yo era el típico chico tímido que anda de puntillas por el mundo, tratando de no hacer ruido.

Estiré los brazos hacia los lados y apoyé las palmas de las manos sobre las paredes que tenía a mi izquierda y a mi derecha. Me había encerrado en un diminuto cuarto de baño para empleados.

¿Que por qué lo hice?

Trabajaba en un restaurante de comida rápida, situado en el interior de un centro comercial. Era una franquicia que vendía principalmente bocadillos, raciones de patatas fritas, ensaladas y refrescos. En ese momento me encontraba en caja, tomando pedidos.

—Quiero un British sandwich —demandó un cliente.

—¿Desea incluirlo en un menú con patatas y bebida? —Pregunté.

—Sí, por favor.

—¿Grande o pequeño?

—Pequeño está bien.

Pulsé un par iconos en la pantalla de un terminal punto de venta.

—¿Patatas normales o patatas bravas? —Continué.

—¿En qué se diferencian?

—Las patatas bravas están cortadas en gajos y se sirven con una salsa picante. Las normales son las alargadas de toda la vida.

—¡Ah! No, no. Prefiero que me pongas unas patatas con alioli.

—Lo siento, señor. No disponemos de esa salsa —informé.

—Pero yo estuve aquí hace tiempo y comí patatas con alioli.

—No es posible. Creo que se confunde de sitio.

—¿Estás seguro? ¡Qué raro! Juraría que fue aquí.

—Pues no, señor, lo siento. Nunca hemos tenido esa salsa.

—¡Vaya! —Exclamó contrariado—. Una ensalada, entonces.

—¿Con aceite y vinagre o la prefiere con salsa césar?

—No, no. La quiero aliñada con limón.

—Señor, solo tenemos las dos ensaladas que le he mencionado.

—¿Tampoco hacéis ensaladas con limón? ¡Joder! ¡No tenéis nada!

Ocultos tras el mostrador, apreté los puños.

—Oye, ¿seguro que no hay patatas con alioli? —Insistió.

¿Nunca has sentido que estás viviendo en una obra de teatro?

—No puede ser. Yo he comido patatas con alioli aquí antes.

¿Que todos hacemos el papel que nos ha tocado representar?

—Creo que fue hace un mes cuando vine.

Y tú pareces ser el único que se ha dado cuenta.

—Sí, con alioli. Lo comí aquí. Tiene que ser aquí.

Y entonces piensas: ¿de verdad tengo que hacer todo esto?

—Me acuerdo que aquel día llovía y comí patatas con alioli.

Miraba a mi alrededor y lo único que veía eran robots; máquinas diseñadas por nuestros genes y programadas por la sociedad. Asegurar nuestra supervivencia y reproducirnos: eso es todo. El libre albedrío: una ilusión. Pero había un virus en mi mente. Ese virus era yo, y estaba atrapado en los confines de la unidad de procesamiento de una máquina que seguía una rutina prediseñada. Observaba a todo el mundo, yendo siempre con prisa de un lugar a otro y sin llegar nunca a ninguna parte, y me preguntaba qué les impedía correr desnudos por la calle o saltar a una piscina con la ropa puesta.

Alguien un día nos enseñó que la vida es «así».

Y lo hizo porque alguien se lo enseñó antes a ese alguien.

Yo no deseo ser el alguien que se lo enseñe a otro alguien.

—O sea… alioli. ¿Por qué no? Es fácil… alioli. O sea… alioli.

Cada día me levantaba a la misma hora, trabajaba en el turno de mañana del restaurante, comía cualquier basura de las que vendía, iba a la Universidad, puesto que mi clase se dividía en dos grupos y yo estaba en el de tarde, metía mi coche en un atasco que me conducía hasta casa, ocupaba algunas horas con un negocio que había montado por Internet y que no terminaba de arrancar y, finalmente, me metía en la cama hasta que sonaba el despertador y todo volvía a comenzar de nuevo: esto de lunes a viernes. Y los fines de semana, sustituye la Universidad por otro turno extra en el restaurante o por un rato de sofá y tele. Siempre lo mismo; una y otra vez; la repetición de una repetición; y de pronto, ya no pude más.

Abandoné mi puesto de trabajo y me marché al baño.

Sin quejas, sin malas palabras, sin malas caras, sin decir nada.

Simplemente me fui.

Al poco, la puerta que había detrás de mí se abrió, revelando una gran barriga y, después, una pequeña mujer pegada a ella.

—¿Se puede saber qué cojones estás haciendo? —Vociferó.

Era la encargada. Vestía una camiseta roja, indicativo de que pertenecía a un rango superior al mío en el sistema piramidal de la compañía. Debía de rondar los treinta y cinco años y, a juzgar por su colosal panza, se encontraba en un estado avanzado de embarazo.

—Me duele el estómago —mentí.

—¡Huy! Al niñito le duele la tripita. ¿Llamo a tu mami?

Volví a apretar los puños con tal fuerza, que me hice daño.

—Mira chaval, salvo que te estés muriendo, tú hoy no te libras.

—NO SOY TU PUTO ESCLAVO. ¿QUIÉN TE CREES QUE ERES PARA HABLARME ASÍ? ¿UNA MAFIOSA? TRÁTAME CON RESPETO, HIJA DE LA GRAN PUTA.

Eso debí decir, pero de mi boca no salió ni una sola palabra.

Conecté el piloto automático y volví a mi puesto de trabajo.

Llegué a mi casa con la ropa de trabajo en una bolsa de basura y comida basura en una bolsa de una tienda de ropa. Vivía solo, en la primera planta de un destartalado bloque de pisos, en la pequeña ciudad de Burgos. Desde que cruzabas el umbral de la entrada, un tufo a ancianidad penetraba tus fosas nasales y te violaba sin piedad. Los raídos muebles se entretenían rememorando viejas anécdotas de anteriores inquilinos. El suelo trataba de engalanarse, disfrazándose con un papel que imitaba la madera, pero su traje estaba ya desgastado y descolorido. Las paredes coleccionaban manchas y desconchones a modo de cicatrices. Colgado de una de ellas, en el pasillo, había un calendario con propaganda de una carnicería de barrio, que había dejado de ser útil hacía ya casi cuatro años.

Eran las doce y veinte de la noche.

Reinaba un silencio insoportable.

Encendí la televisión y me senté en un incómodo sillón de piel sintética granate. La tele era muy antigua: de esas en blanco y negro en las que los canales se sintonizaban con un dial. Saqué la comida de la bolsa y me la zampé, bajo la luz mortecina de una bombilla de baja potencia que pendía desnuda del techo.

Bueno, ya está: otro día liquidado.

¿Y ahora qué?

Cerré los ojos y apreté los puños. Que alguien llame a la puerta pidiendo ayuda. Por favor. O que se incendie el edificio; o que se produzca un terremoto; o que caiga un meteorito en la calle de al lado… Por favor, que ocurra algo; lo que sea. Por favor.

Pero nada sucedió.

No había padecido una guerra, ni una depresión económica. Nunca pasé hambre, ni tuve que dormir en la calle. Tampoco tuve que luchar por la libertad. He tenido la suerte de nacer en un país desarrollado y en una época de paz y abundancia. Estaba justo de dinero, pero siempre había comida en la nevera. Veía los telediarios como quien ve una película, sin atragantarme con el filete cuando mostraban imágenes de niños muriendo de hambre en algún país de África. No tenía derecho a quejarme. En teoría, debería ser feliz.

Entonces, ¿por qué no lo era?

¿Acaso es que yo era un ser humano defectuoso?

¿Cómo lo hace el resto del mundo?

Eligen qué se van a poner hoy, qué van a comer, hacen malabares para pagar sus facturas y lograr tachar otro mes en el calendario… así día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año.

¿Por qué lo hacen?

¿En qué piensan los demás cuando cae el telón y se quedan a solas consigo mismos?

¿Cómo lo hacen para no acabar perdiendo la cabeza?

Encendí mi ordenador y abrí un procesador de texto.

Aún quedaba un conato de esperanza.

Un gran escritor se dispone a hacer su magia.

Va a escribir un best seller que le va a sacar de la mediocridad.

El cursor parpadea, esperando instrucciones. La hoja en blanco virtual le mira desde la pantalla; se burla de él. Van a librar una encarnizada batalla. El futuro famoso escritor está muy cansado, pero va a quedarse tecleando sin parar hasta que el cuerpo aguante.

Con una determinación inquebrantable, el futuro Premio Nobel de Literatura se estruja el coco durante horas. No se detiene ni un instante hasta que ya no puede más y, exhausto, cae dormido sobre el teclado, a las tantas de la madrugada.

El cursor sigue parpadeando incansablemente.

La hoja sigue en blanco.

¡Gracias por pasarte por Algo Épico! 🙂

Ojalá estés disfrutando de la lectura, tanto como yo disfruté escribiendo esta locura para ti. Si te está gustando mi novela y te apetece leer la historia completa, con sus preliminares y su orgasmo final, puedes hacerte con un ejemplar pulsando aquí. Un esclavo se encargará de entregarte mi libro en la dirección que me indiques.

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