Estoy en el aeropuerto de Madrid, conectado a su red WIFI. No tengo mucho tiempo, unos diez minutos creo, así que escribiré un post muy breve. La verdad es que no tengo ni idea de qué mierda voy a decir y además hoy he dormido tres horas. Llevo aquí varias horas y me apeteció abrir el blog y comenzar a teclear cualquier estupidez, para no quedarme dormido. Lo peor de todo es que estás leyendo esta mierda. Supercalifragilísticoespialidoso, bla, bla, bla, rollo, rollo, me pica un pié y me lo rasco con las uñas de la cabeza de color avión… ¿En serio? ¿Todavía sigues leyendo?

En unos minutos voy a subirme a un pájaro de hierro que, durante unas doce horas, va a cruzar el océano y dejarme en la otra punta del mundo. Se me hace raro esto. Porque me pasé tanto tiempo leyendo algunas novelas basadas en hechos reales e imaginando que estaba ahí mientras todo sucedía, que ahora se me hace extraño saber que esta novela la estoy viviendo en tiempo real.

Ayer estuve con algunos amigos, tomando unas cervezas y hablando de mis planes, de lo loco que estoy, de la amistad, de que el tiempo y la distancia no son variables que tengan nada que ver con la amistad. Y hoy uno de mis mejores amigos aprovechó que mi autobús hacía una parada en Burgos, ciudad en la que reside, para venir a darme un abrazo y desearme suerte. Son momentos así los que hacen que te sientas de puta madre.

Mierda, la megafonía está anunciando que ya comienza el embarque. No he tenido ni cinco minutos. Debo dejar de escribir.

Gracias a todos.

Nos vemos en el otro lado.

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