La literatura me la pone dura

Miro el reloj.

Son casi las cuatro de la madrugada, pero el cuerpo me pide escribir esto.

Como algunos ya sabéis, llevo casi dos años trabajando de quince a veinte horas al día, siete días a la semana. Estoy construyendo todo aquello que siempre soñé ser y tener; y para eso tengo que sacrificarme y pagar el precio; así es el camino del héroe.

Los sacrificios han sido muchos: tiempo de vida, amistades en pausa, horas de sueño perdidas, cuerpo hecho polvo…

Imagina a una persona incapaz de estar sentada o tumbada sin cambiar de postura cada dos minutos. Ahora imagina que esa persona está en los treinta y tantos años, no en los ochenta y tantos. Imagina también que para ese treintañero se ha vuelto completamente normal sentir constantes dolores en la espalda y las articulaciones, y tener sueño.

En el pasado fui atleta y gané varias medallas en los campeonatos regionales de Cantabria. Fui campeón de Cantabria en los cien metros lisos, en salto con pértiga y en unas cuantas competiciones más. Incluso participé en el campeonato de España con la selección cántabra. Me ponías delante una farola o una cuerda de cinco metros y estaba arriba en cuestión de segundos. Y ahora mírame: parezco un puto viejo. Ves mis achaques y, más que un treintañero, parezco un treintagenario.

Llevo algo más de dos semanas haciendo ejercicio. El primer día corrí cinco minutos y me dolían tanto las rodillas desde que llevaba DIEZ SEGUNDOS que no sé ni cómo lo soporté. Y cada día voy aumentando un minuto. Hoy he corrido a un ritmo muy fuerte durante veintiún minutos y me he sentido muy muy fuerte.

Aunque en este preciso momento, mientras tecleo estas somnolientas palabras, me duele un poco la espalda, desde que comencé a escribir este artículo, no he necesitado cambiar de posición ni una sola vez. Sé que no parece gran cosa, pero para mí lo es. Soy como un astronauta que lleva dos años flotando en gravedad cero, observando vuestras locuras desde mi nave. Y, ahora que estoy regresando a la Tierra, tengo que hacer mucho ejercicio para que mis músculos se vuelvan a habituar a la gravedad terrestre.

El niño soñador que llevo dentro está orgulloso de lo que estoy haciendo. Pocas personas son capaces de aguantar dos años a este ritmo. Es más, pocas personas son capaces de lanzarse de cabeza a la incertidumbre. Claro, también tengo que confesar que hago trampa: el amor que me profesan mi esposa y mi hija es el único combustible que necesito para seguir luchando y no perder nunca la ilusión. He tenido la suerte de encontrar a la persona que mata mis demonios y me hace sentir cada día como si me hubiese tocado la lotería. Y encima, he tenido una hija con ella. ¿Sabes esos momentos fugaces y esquivos de felicidad que todos perseguimos? Pues yo me siento así el 99% del tiempo y te juro que no exagero. Claro, así es fácil soportar este esfuerzo sobrehumano.

Es muy complicado para una persona como yo dejar de rendir culto a la vida durante tanto tiempo, pero poder ver a mi hija crecer cada día y recibir tanto amor de mi esposa, hacen todo mucho más sencillo. Esas miradas que me echa mi mujer, como si nos acabáramos de conocer ayer mismo, como si ella fuese un cachorrito y yo su plato de comida… y esos abrazos que me da mi hija… no se está tan mal en mi nave espacial.

La vida se abre camino

Pero algún día, y pronto además, tengo que volver.

Necesito volver a estar.

Necesito volver a ser.

Si la vida en la nave es tan buena con ellas dos, imagina cómo será cuando aterricemos.

He aprovechado muy bien estos dos últimos años, sé que todo este trabajo va a dar sus frutos y que mi futuro yo me agradecerá mucho todo lo que estoy haciendo por él, pero no todo es aprovechar el tiempo; aún no he “desperdiciado” el tiempo suficiente.

Necesito volver a tener tiempo que perder.

Y, sobre todo, también necesito volver a ser escritor.

Hace meses aseguré que el día 8 de junio volvería a escribir.

Y una vez más, no lo pude cumplir.

¿Qué puedo decir? La vida es así: haces planes, pero suceden cosas inesperadas. Y el éxito depende en gran medida de las decisiones que tomes ante los imprevistos. Las buenas ideas están sobrevaloradas. Lo que importa es la ejecución. Hiciste un plan, la vida te lo tumbó; hiciste otro plan, la vida te lo volvió a tumbar… pero no has fracasado, has avanzado. Aunque no sea del modo en el que esperabas ni en los plazos que planificaste al inicio, sin duda hoy estás más cerca que ayer.

No dudes ni un segundo que volveré a escribir muy pronto.

Y voy a ser tu escritor favorito.

Confía en mí.

De verdad: no te voy a fallar.

Soy incansable, terco, cabezón.

Jamás me voy a rendir.

En algún punto de mi mente existe un área que produce ilusión ilimitada.

Nunca abandonaré mi sueño de ser un escritor reconocido a nivel mundial.

La literatura me la pone dura.

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